en distintas épocas y en diferentes lugares.
conocí a un hombre de mirada penetrante,
de voz que arrullaba, tenía poesía en los dedos.
Cantaba al pie de mi ventana,
para que yo supiera que me amaba
y no le importaba si salía la luna
para decirme cositas de amor.
Otra vez nací en Ecuador;
allí una guitarra me arrebató los sentidos, y su dueño,
el Ruiseñor, me dijo que prometía amarme hasta la muerte
y que si los muertos aman, nos amaríamos después de muertos.
También me dijo que la vida es un necio carnaval
y siempre rondaba mi esquina, miraba siempre mi casa.
Nací en Guatemala y fue hermoso
conocer y amar a alguien que hizo de la palabra
la ternura más silvestre y pura jamás escrita,
una vez me dijo que alguien debía caer
para que nunca cayera la esperanza.
Y cayó él, dolorosamente ardiendo en vida.
Ambos nacimos en Argentina, pero no lo conocí allí,
fue en la Sierra Maestra, yo era parte de su columna,
era lindo verlo a la luz de la luna fumar su eterno cigarrillo,
nunca ví mirada más profunda, más transparente
ni tanta ternura por quienes le rodeábamos,
se fue al Congo, después anduvo preparando su retorno a la América amada, desde México hasta la Patagonia.
Nos reencontramos en Bolivia, y volví a amar aquellos hermosos ojos, aquella sonrisa sin comparación, aquella boina inigualable porque encerraba su pensamiento profundo , su agitado ideal; y llegamos a las montañas bolivianas;
en aquella batalla me dijo que me fuera con la columna de Tania, bella e inigualable mujer que soñó con volver a los brazos de Ulises dejando su patria libre,
pero preferí quedarme con él, ví como le herían y le capturaban.
Los tontos dicen que lo mataron aquel nueve de Octubre
pero yo vi la luz de la resurrección en sus ojos
y con su última mirada me dijo que siguiera “sembrando conciencias”.
También nací en Nicaragua, en esa tierra de lagos de belleza sin par, de montañas en las que una vez se gestó una lucha heroica, y derrotó una dinastía de oprobio.
Le conocí y le amé cuando era seminarista,
dicen que antes había amado a Claudia, pero no importaba,
el verdadero amor se comparte, le acompañé en el Frente,
me perdí días leyendo su Cántico Cósmico, sufrí con él el rechazo del Papa; y me hizo admirarle más por sus convicciones.
Pero él siguió amando al Hijo de María y yo me alejé,
aún le amo y estaré con él cuando gane el Nóbel.
Hacedor de todas las cosas: de planetas y galaxias
de astros y cometas, de asteroides y meteoritos,
de ríos y volcanes, de seres nobles y crueles,
tú, a quien las hojas de los árboles piden permiso para moverse y que tienes contados mis cabellos,
solo una cosa tengo que reprocharte, una cosa insignificante;
no haber nacido en el lugar apropiado
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